La Vida Es Movimiento

Jacques Yves Cousteau –

Los movimientos de los vegetales sorprenden y parecen siempre tener un toque diabólico. Nosotros estamos dispuestos a aceptar, incluso estremeciéndonos, las contorsiones de las serpientes o la siniestra reptaciǫn de los ofiuros. Pero que una planta carnivora cierra su hoja-tramps sobre un insecto, que una drosera repliegue sus tentáculos sobre una hormiga o que una sensitiva recoja sus hojas al menor contacto, nos llena de inquietante estupor. ¿No fué, después de todo el bosque ambulante de Birnham lo que convenció a Macbeth de que todo era irremisiblemente perdido? Aunque la flor del girasol siga al Sol en su curso, aunque el fruto de la balsamia explote proyectando sus semillas a lo lejos, aunque los naturalistas hayan señalado docenas de movimientos propios de los vegetales, nuestro «instinto» nos susurra que las plantas deben permanecer en su lugar y dejar el movimiento para los animales.

La movilidad es un elemento tan característico de la condición animal que ha dado origen a monumentales estudios; en realidad, a una nueva disciplina científica.

En el océano, las dificultades normales inherentes a la propulsión se ven complicadas por la densidad del medio. El mar encierra no una, sino tres mecánicas animales elaboradas y casi perfectas, cada una de las cuales se caracteriza por una técnica locomotora propia. En cabeza se encuentra el calamar gigante, el ejemplo más completo de propulsión «a reacción». El atún a continuación, constituye el crucero hidrodinámico más perfecto que concebirse pueda. En tercer lugar, tenemos la máquina termodinámica más altamente eficaz y más prodigiosa del universo subacuático: el delfín…

¿De dónde han surgido estas tres líneas evolutivas? ¿Cómo el movimiento ha llegado a convertirse casi en patrimonio del reino animal? Podemos intentar imaginarnos el género de vida de un ser unicelular primitivo que se asemeja, por ejemplo, a la ameba que todos conocemos. Para sobrevivir este humilde protozoo debe comer. Cuando envuelve, proyectando su protoplasma (sus seudópodos), a una presa más pequeña aún que él, o cuando expulsa depués de la digestión los deshechos no asimilables, unos espasmos imperceptibles sacuden su membrana celular y animan su cuerpecillo. Y he aquí que empieza a desplazarse en los desiertos acuáticos para volver a encontrar, antes o después, zonas que ofrecen nuevas fuentes alimenticias frescas. Y come…

El acto mismo de nutrirse implica movimiento. A medida que transcurrían los milenios, los organismos animales del tipo de la ameba, cuyos difíciles y lentos movimientos iban encaminados a la búsqueda de la comida, tienden a desaparecer o se ven forzados a especializarse a ultranza, por ejemplo convirtiéndose en parásitos. Los demás, los que evolucionan con mayor facilidad, descubren las ilimitadas perspectivas de «Pastos» fecundos y se multiplican. La historia evolutiva se enriquece aún más y se complica. Algunos animales aprenden a localizar las partículas alimentarias y dirigirse hacia ellas. Abren el camino que lleva a los sistemas nerviosos y a la vasta gama de géneros de vida diferenciados de los que son testigos las rocas que contienen fósiles y de los que tenemos mil ejemplos a nuestro alrededor. Los otros animales, capaces de moverse pero prácticamente o incluso totalmente ineptos para controlar sus movimientos, desaparecen poco a poco o «apuntan» hacia estrategias originales susceptibles de asegurar su perpetuación, a saber, la extraordinaria fecundidad o la asociación.

El océano ofrece ejemplos de todas las técnicas locomotoras realmente eficaces. En altamar los dos principales procedimientos mecánicos son la reacción y la ondulación, que ilustran el calamar para la primera, y el atún, para la segunda. A demás se «han ensayado» innumerables sistemas menores para responder a las exigencias impuestas por estilos de vida o nichos ecológicos particulares: la reptación, la marcha, el salto, la excavación de agujeros, etc. En lo que concierne al tercer «representante típico» , el delfín, su prodigioso equipo propulsor está asistido de sistemas anejos de los que volveremos a hablar con detalle: Una estructura epidérmica compleja que reduce la turbulencia creada por la natación rápida y una sangre caliente que le permite «funcionar» con elevado rendimiento.

Resulta fascinante establecer un paralelo entre las técnicas propulsoras nacidas de la evolución natural y las artificiales del hombre. El hombre que nada grotesta y torpemente en comparación de cualquier pez. Las aletas o «pies de pato» del buceador son aletas sustitutivas, lo mismo que el traje isotérmico constituye la pálida copia humana de la capa epidérmica aislante y de la grasa de los delfines y otarios.

En cuanto a la propulsión a reacción, el hombre se reserva para navegar a través de los aires. Nuestros ingenieros, pese a su talento y genio inventivo, no han conseguido todavía dominar las técnicas necesarias para la construcción de un vehículo que se desplazara por ondulaciones, de la misma manera que no han conseguido realizar una máquina que vuele como los pájaros. Para accionar a la mayoría de los navíos y submarinos, se ha asociado una «aleta» rotativa – la hélice – a unos generadores de potencia muy poco rentables, como la máquina de vapor de doble efecto o el motor de combustión interna. En algunos casos es la energía nuclear la que acciona los propulsores de los buques. En cuanto a los motores a reacción, únicamente forman parte del equipo de los hovercrafts o algunas lanchas rápidas.

Cuando se trata de las formas, nuestras copias de las marinas son más evidentes. Los mismos principios hidrodinámicos que, a través de las edades, han modelado a los grandes peces y han perfilado maravillosamente sus cuerpos, han sido aplicados a los cascos, a los gobernalles, a las quillas de los navíos, así como a los alerones de inmersión de los submarinos o a los planos de sustentación de los hidrofoils.

En un futuro cercano el hombre viajará de un sistema solar a otro en ingenios movidos por «Velas» gigantescas que captarán y domesticarán las partículas (los «vientos solares») que proyectan en el espacio todas las estrellas vivas. Teóricamente la propulsión «ionica» deberá permitir aproximarse a esa barrera fatídica de los trescientos mil kilómetros por segundo, la velocidad de la luz. Albert Einstein había consagrado uno de sus primeros artículos al movimiento browniano, esta danza fantástica y eterna de las partículas microscópicas que, en un fluido, rebotan de molécula en molécula. Resulta extraño pensar que, en el umbral de una carrera que había de trastornar nuestras concepciones del universo, fue quizá del mar y de la infinitud de sus partículas en suspensión de donde sacó su inspiración el padre de la relatividad general…

Jacques Yves Cousteau.