Jacques Cousteau probando la profundidad máxima con equipo autónomo a 90m

Deseábamos descender a mayor profundidad porque ése era el único medio de conocer y estudiar los efectos de la embriaguez submarina, y así comprobar por medio de nuestras reacciones individuales, el trabajo que se podía realizar con la escafandra autónoma a considerable profundidad.

Cada inmersión fue precedida de cuidadosos preparativos y se tomaron todas las medidas de seguridad imaginables con el fin de obtener datos efectivos. Nuestra meta consistía en alcanzar la profundidad de 90m (295 ft), es decir, cincuenta brazas; ningún buzo independiente había superado los 63 m metros alcanzados por Didi.

Las inmersiones se medían por medio de una pesada sonda que pendía del Élie Monnier. A intervalos de cinco metros se sujetaron a la sonda tablillas blancas. Los buzos llevaban lápices indelebles para firmar con ellos en la última pizarra que pudieran alcanzar y escribir además una frase acerca de las sensaciones que experimentaban.

Para ahorrar aire y energía, los buzos descendían a lo largo de la sonda sin efectuar movimientos innecesarios; con ese fin llevaban sujetos al cinturón pesos de cinco kilos de chatarra, que los hacía hundirse lo mismo que una piedra, si querían retardar el descenso se asían a la sonda. Cuando un buzo alcanzaba la profundidad límite o la máxima que podía resistir, estampaba su firma en la tablilla, arrojaba su lastre y volvía a subir por el cabo hacia la superficie.

Durante el regreso, los buzos debían detenerse por breves períodos a profundidades de seis y tres metros para efectuar la descompresión y evitar las bends.

Yo me encontraba en excelentes condiciones físicas para efectuar esta prueba, muy entrenado después de un activo verano pasado totalmente en el mar y mis oídos estaban en muy buena forma. Entré en el agua sosteniendo el pedazo de chatarra con la mano izquierda, me hundía con gran rapidez con el brazo derecho pasado en torno a la sonda y me daba cuenta, con cierta sensación de opresión, del monótono zumbido del generador Diésel del Élie Monnier a medida que la presión aumentaba.

Estábamos en plena tarde de un día del mes de julio pero la luz pronto se fue haciendo mortecina, yo me hundía a través de la penumbra, sin otra compañía que la blanca cuerda, que se extendía hacia abajo en una monótona perspectiva de tablillas blanquecinas.

A los sesenta metros noté el sabor metálico del nitrógeno comprimido y se apoderó de mí al instante una profunda embriaguez, oprimí la sonda con la mano y me detuve. Mi mente rebosaba de orgullosos pensamientos y tenía una extraña sensación de alegría, me esforcé por fijar mis ideas en la realidad y por dar un nombre al color del mar que me rodeaba, se empeñó en mi interior una disputa entre azul marino, aguamarina y azul de Prusia, la controversia no parecía querer resolverse; el único hecho que yo era capaz de ver con claridad era que no había ni techo ni piso en aquella azul estancia. El distante zumbido del diésel invadió mi mente… se convirtió en una gigantesca palpitación, en el ritmo del corazón del mundo.

Tomé el lápiz y escribí en una tablilla: «El nitrógeno tiene muy mal sabor»; no tenía la impresión de sostener un lápiz y pesadillas infantiles se apoderaban de mi espíritu: estaba enfermo en mi cama, aterrorizado al darme cuenta de que todo lo que había en el mundo era grueso, mis dedos eran salchichas, mi lengua era una pelota de tenis, mis labios se hinchaban grotescamente entumecidos en torno a la boquilla unida al tubo anillado; el aire que respiraba era espeso como jarabe, el agua era una jalea y yo sentía que me ahogaba en una viscosa gelatina.

Me aferré a la cuerda medio desvanecido, a mi lado había un hombre sonriente y vivaracho, era mi segundo yo, dando muestras de un perfecto dominio de sí mismo, mirando con expresión sardónica y burlona al infeliz buzo. A medida que los segundos pasaban, el hombre sonriente se instaló en mi interior y ordenó que soltara la cuerda y siguiera descendiendo. Me hundí lentamente mientras experimentaba intensas visiones.

En torno a la tablilla colocada a ochenta metros de profundidad, el agua mostraba una luz difusa, de un resplandor extraterreno, pasaba de la noche a un atisbo de amanecer; lo que me parecía la luz del alba era la que se reflejaba del fondo, pues los rayos luminosos habían pasado libremente a través de las oscuras pero transparentes capas superiores. Más abajo divisé el peso colocado al extremo de la sonda, suspendido a seis metros del fondo, me detuve en la penúltima tablilla y miré hacía la última, cinco metros más abajo; apelé a todas mis fuerzas para evaluar la situación sin engañarme a mí mismo y entonces descendí hasta la última tablilla, a noventa metros de profundidad.

El fondo era sombrío y desnudo, exceptuando algunas conchas mórbidas y unos erizos de mar. Tenía aún el suficiente dominio de mí mismo para recordar que a esta presión, diez veces la de la superficie, cualquier esfuerzo físico era extremadamente peligroso , así que llené lentamente mis pulmones y firmé en la tablilla, pero fui incapaz de escribir lo que sentía a cincuenta brazas de profundidad.

Era el buzo independiente que había alcanzado una profundidad mayor. En mi doble cerebro la satisfacción que este hecho me producía se veía contrapesada por un satírico desprecio de mí mismo.
Solté el pedazo de chatarra y me disparé como un muelle soltado de repente, pasando dos tablillas en el primer impulso. Al alcanzar de nuevo los ochenta metros, la embriaguez se desvaneció repentinamente por completo y de modo inexplicable, me sentía ligero y vivo, otra vez un hombre, saboreando voluptuosamente el aire que se expandía en mis pulmones. Me elevé a través de la zona crepuscular a gran velocidad y vi la superficie como una llamarada de burbujas de platino y de prismas danzantes, era imposible no pensar que estaba volando hacia el cielo.

Sin embargo, antes de alcanzar el cielo tenía que pasar por el purgatorio; esperé cinco minutos a seis metros de profundidad para efectuar la descompresión y luego ascendí a toda prisa hasta tres metros, donde me detuve tembloroso durante diez minutos más. Cuando izaron la sonda, descubrí que algún impostor había escrito mi nombre en la última tablilla y durante la media hora siguiente experimenté un ligero dolor en hombros y rodillas.

Philippe Tailliez se sumergió también hasta la última tablilla, garrapateó en ella un jocoso mensaje y emergió sin novedad, excepto un dolor de cabeza que le duró dos días. Dumas tuvo que vencer dramáticos ataques de la más profunda embriaguez en la zona de las cincuenta brazas. Nuestros dos bizarros marinos, Fargues y Morandière, dijeron que hubieran podido hacer muy poco trabajo efectivo en el fondo. El cabo de marinería Georges llegó también hasta la última tablilla y como resultado de ello sintió vértigo durante una hora u hora y media después de la inmersión. Jean Pinard se sintió muy mal a los sesenta y seis metros, firmó en la tablilla que tenía más próxima y lamentándolo mucho, se vio obligado a regresar.

Ninguno de nosotros escribió nada legible en la última tablilla.

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